LAURA RETREPO Y SUS MIRADAS AL MAL                                                

La escritura de Laura Restrepo está siempre habitada por evocaciones, connotaciones, intertextualidades. En su nueva obra nos obliga a pasearnos por el Bosco y el Greco, por Cervantes, Shakespeare y Proust, por los llamados Padres de la Iglesia… porque desde todos esos lados son iluminados los fantasmas que arrojan luz sobre una escritura poblada de imágenes, de sentidos, de premoniciones… de reflexiones en profundidad. Todo este paseo tiene sin embargo un anclaje claro y definitivo: el cuadro El Jardín de las delicias, oleo de Hieronymus Bosch, el Bosco. Un hilo discursivo lo podemos encontrar en ese diálogo permanente con el profundo simbolismo que habita esta pintura. Es como si los relatos que constituyen el nuevo libro de Restrepo quisieran encontrar su lugar precisamente en ese universo extraño y misterioso que es la pintura.

Por ello la obra se abre precisamente con un proemio que es una divagación sobre este tríptico, titulada: Peccata Mundi,  en la que antes que nada se nos dan retazos y pinceladas de esta obra pictórica. Se nos remite a uno de sus dueños: el rey español Felipe II, reconocido en mucho ámbitos por sus afanes inquisitoriales inmisericordes y sus persecuciones a enemigos y hasta a amigos de ayer. El jardín de las delicias o placeres, habla en su tejido del pecado del mundo al que el proemio nos introducirá. En una fusión permanente nos vamos a encontrar entonces con los límites entre el mal y la bondad, límites imprecisos que  a veces se oscurecen y en ocasiones se fulguran. Cómo si en el fondo de esta escritura se ahogara una pregunta por los juicios morales más evidentes en nuestra sociedad. Estos límites imprecisos son una de las obsesiones de la autora a lo largo de toda su obra. Muchos de sus personajes destellan ternura o acogida en medio de sus atrocidades y otros dejan ver ambigüedades y sentimientos negativos en medio de su aparente corrección.

Irina la joven estudiosa del fresco, enlaza este proemio con el primer relato: Las Susanas en su paraíso. A partir de aquí entramos en un mundo más cotidiano, más prosaico, en el cual de repente irrumpe una fuerza inesperada que aunque haya sido anticipada narrativamente, descoloca las cosas y nos deja en el borde de abismos diferentes.

Las Susanas viven en su Jardín de las delicias, rodeadas de servidores, aisladas de su alrededor en el cual fuerzas paramilitares y oscuras, hacen desastres y matanzas que no las tocan. A san Tarsicio, el poblado de negros, que alberga las vacaciones de estas tres mujeres ricas y blancas, se llega atravesando Los Montes de María, región tristemente conocida del nor-este colombiano. Sobre la región podríamos decir muchas cosas, pero sinteticémosla en una: La violencia que dejó 56 masacres, cientos de miles de desplazados, ruina económica y una gran tristeza entre los cultos y luchadores campesinos de esta región entre Sucre y Bolívar tiene raíces hondas…  
[¿Cómo se fraguó la tragedia de los montes de María?:

En el límite inmediato de la hacienda de las Susanas, se ubican los habitantes del pueblo, que despliegan ante ellas todas sus ventas y rebusques para aumentar con sus visitas los escasos ingresos. Dos mundos que aunque no se mezclan se miran mucho, la mirada de unos se posa sobre la piel de las otras, la mirada de ellas penetra sus quehaceres, sus cuerpos y sus bailes. La champeta se proyecta sobre la narración con su ritmo y su ondulación de caderas y músculos. En un momento, esas miradas rompen las barreras y el mundo de los negros irrumpe transgresivamente en el universo de las mujeres blancas. El Nenito atrae a Diana y desde la primera mirada de este reencuentro, que se nos narra en detalle, el desenlace está anunciado. Cuando se consume el deseo y el paraíso se agiganta, sobreviene el caos que a manera  de juicio final arrasa con cualquier señal de vida en esa hacienda que se queda vacía, esperando un regreso que no culmina. ¿Finalmente el verdadero mal ha tocado el mundo de las Susanas? Es una pregunta que queda flotando en el ambiente, el relato no resuelve todo, diferentes lecturas siempre son posibles.

Con la destrucción de uno de los jardines de las delicias se nos deja en el exilio y frente a frente con la viuda,  un asesino meticuloso, obsesivo y perfeccionista que planifica en detalle cada asesinato y no perdona jamás a sus víctimas desde el  momento en que le son encomendadas. El mal lo encontramos aquí en los términos definidos por Hannah Arendt, en su propuesta sobre la banalidad del mal. Este ejecutor de la muerte, cuando nos relata su vida, sus tareas y hazañas, su rutina… no cae jamás en un cuestionamiento, en una angustia, no conoce la sensación de arrepentimiento. Siente que se distingue entre los otros de su calaña por su exactitud, por su rigurosidad… por lo que denomina su pulcritud y la ausencia de rastros en que se mueve.

Pero por una casualidad del destino, de esas que la tragedia griega maneja tan bien, la tarea focalizada por el relato nos muestra los días en que la viuda se enamora perdidamente de la hija del que ha de ser su víctima. El amor y la pasión, como siempre ocurre, le enredan la vida y entonces él pasa a desvelarse, a seguirla, a averiguar sus días. Todo deja de interesarle menos ella que concentra sus fuerzas y atenciones. En su discurrir la encuentra débil y con necesidad de protección, tentación difícil de superar para un sicario. Su destino se tuerce: ahora está dispuesto a morir, a recibir el castigo por la única acción buena  que ha hecho. El castigo llega por los únicos pasos que no se lo han ganado.

El relato tercero nos enfrenta a un tema eterno de la literatura, del arte, de la psicología: una forma muy especial de Edipo. Forma muy especial porque en realidad ese padre y esa hija lo son sólo en términos biológicos. Ana, la protagonista nos  cuenta varias cosas: en primer lugar su ausencia total de padre, ausencia que se llena con fantasías, con deseos equívocos, con rechazo a la madre o a los tíos… ausencia y vacío que se llena con literatura, con libros, con un juego sexual sin sobresaltos ni secretos. El amor entre el padre y la hija viene dado en el relato en forma natural, sin sorpresas ni preguntas… La narración no se detiene en las conciencias, sólo en el acontecer que se resbala sin problemas cada noche en la cama. El abrazo de Perucho y su hija tiene lugar en una estancia en la que de nuevo el Jardín del Bosco preside.

Pero aunque la conciencia no se dice, ese encuentro de cuerpos termina siendo una alta dosis de rencor acumulado que se manifiesta en la violencia con que el padre se da en su cabeza contra la pared o los barrotes de la pieza-testigo y en el repudio final por parte de la joven. No tenemos acceso a los pensamientos de Perucho, sólo a sus arrebatos… todo lo vemos con los ojos de la hija a la que en un momento le llega a ser insostenible su pecado o más bien el pecado del padre. Ella rechaza (repudia en términos shakesperianos) a su padre… Y curiosamente recurre a su  madre como a su salvadora. El abordaje de este tema es valiente y de frente, y al mirar la pareja paseándose por los campus de la Universidad norteamericana los lectores nos preguntamos dónde radicó el mal: ¿en el enamoramiento de la hija o una vez nuevamente en el abandono del padre? Ese grito de angustia:
Hubiera querido abrazar a mi padre pero no ahí, no así. Hubiera querido quererlo de otra manera, darle vuelta a la naturaleza de mi amor, expulsarlos bichos negros de la charca, exterminar la ponzoña de gusanos. Limpiarlo todo y dormir en paz…
nos habla de una conciencia con deseos de estar limpia… Pero ese No-Padre se hace sombra obsesiva, se convierte en síntoma en términos psicoanalíticos.

Y es esa ausencia radical del padre la que vuelve a jugar en, Lindo y malo ese muñeco. Otra forma de Edipo en unas formaciones sociales en las que el padre no sabe ni desea estar presente. Arcángel debe asumir las funciones del padre, del marido, del jefe y proveedor del hogar… ante una madre demasiado ocupada en la sobrevivencia como para preocuparse de por cuáles caminos va su hijo hasta llegar a casa con el dinero para el pan. En este cuento la autora por medio de un potente juego del lenguaje y la palabra nos acerca a los barrios marginales de ladera, aquellos en los que las nociones tradicionales del bien y del mal se han invertido en ocasiones y se han desvanecido en otras, en medio de una sociedad líquida, según la propuesta de Zygmunt Bauman. Encontramos de nuevo esa banalidad que mata, roba o se divierte tumbando una escalera aunque ello ponga en peligro la vida de un albañil.

El hijo se siente amado por su  madre y reconocido por ella en su función de proveedor y protector en medio de la escasez y del peligro. Eso le basta; con satisfacción del deber cumplido, recibe su pan dulce o su sopa en la noche. Por eso su jardín de las delicias se desmorona y su vida tiene una especie de final y sobre todo de mudez, cuando descubre su desaprobación. Arcángel no se ha planteado jamás el interrogante por la moralidad de lo que hace o lo que deja de hacer: consigue el pan, con eso basta. Se sienta por las tarde a mirar el paisaje en medio de una calma aparente o real… Por ello al constatar la reprobación maternal en la carne de su hermano menor, pierde su norte y la voz narrativa nos deja ad portas de un interrogante. Final abierto como muchos de los de Laura Restrepo.

El relato más extraño de los siete que componen el conjunto, es El Siriaco, también el más directamente religioso. Este loco estilita en sus ardores religiosos nos recuerda al Sleepy Joe de Hot Sur o al ángel caído de Dulce compañía… La diferencia y cercanía o lejanía entre la simple religión y la mística. ¿Qué se esconde detrás de estos efluvios? Todo el ambiente del mundo ficcional es exótico: el universo que rodea al rico y poderoso Nemérodes, el santo Gebrayel que anuncia las desgracias… el niño que conversa con las ranas y con las ovejas. ¿Estamos ante un soberbio en ciernes que no puede hablar con sus semejantes o simplemente ante un “ido” cuya cabeza perdió la llave de regreso? ¿Siriaco está inspirado en Simeón el estilita y sus siguientes émulos o su existencia narrativa es fruto de otras preocupaciones que pueden hallar respuesta en esas columnas del desierto? Es claro que la autora quiso trasladarse al antiguo oriente, en las puertas mismas del desierto y explorar motivaciones y deseos. ¿Es lícito pensar en alguna interpelación a la Siria de hoy?

Aún en medio de lo más puro, de lo más aparentemente religioso o “espiritual” se esconde lo macabro y alguna sutil forma de mal… aunque sea la soberbia como lo dice el paratexto de Agustín de Hipona que antecede al relato: La soberbia es deseo de alcanzar una altura perversa. Siriaco y su mundo, sus fanáticos y seguidores, se diluyen, de deshacen entre la arena del desierto cuando la madre intenta rescatarlo de esta y de otras locuras. Otra vez una madre persiguiendo a su hijo tocado de locura, una madre que intenta retenerlo en este lado del mundo y un hijo que es halado por otras dimensiones de la existencia, dimensiones extrañas cuya clave de acceso no alcanzamos a descubrir.

No soy capaz de vislumbrar vestigios de maldad alguna o presencia del mal, en los protagonistas de la bella nouvelle de remembranzas y amor, Olor a rosas invisibles, ya publicada anteriormente por la autora. El término pecado que preside esta colección de relatos tal vez pueda aplicársele, aunque no sin antes haberlo discutido. El Diccionario de la Real Academia de la lengua, define así el pecado: Transgresión voluntaria de preceptos religiosos. Cosa que se aparta de lo recto y justo o que falta a lo que es debido. El triángulo formado por Luicé, Eloísa y Solita  no parece mostrar una infidelidad matrimonial en la que se causa un daño irremediable. Los juegos del deseo son incontrolables lo dijo el viejo Freud y las angustias y peripecias de este hombre demasiado mayor para encontrarse con un amor de juventud llaman a la ternura más que a cualquier condenación. Pero claro, en términos eclesiales y por extensión, sociales se trata de una trasgresión.

Para visualizar más la malicia del adúltero que la desazón del viejo, es imprescindible y necesario ponerse en  el punto de vista de la esposa engañada. Es claro que la inocente confianza de Solita es burlada, pero la condena no llega sino desde una mirada estricta y apegada a la ley… Esta expresión en términos cristianos nos habla más bien de una falla que de un camino justo. La música de fondo del Adagio de Albioni nos acompaña en el placer de esta lectura.

Más de una vez en las obras de Laura Restrepo subyacen interrogantes abiertos o retos éticos, preguntas a la moralidad vigente… Es el caso de algunos de estos relatos. Desde mi punto de vista, el cuento que más pone el dedo en la llaga en este sentido, es Amor sin pies ni cabeza.  Cuento de factura impecable en el que la narradora ejerce de periodista-entrevistadora. ¿Desde qué patrones y situaciones juzgar a esta víctima que se hace victimaria? Desde la asepsia y la distancia nunca sabremos cuáles son las razones de la sobrevivencia.

Mirada desde el feminismo Emma la  descuartizadora ¿cómo sería juzgada? El relato nos muestra los detalles del mundo recreado: la cárcel y sus rituales malévolos para acercarse a los presos o presas… las guardianas, las oficinas, las rejas y paredes, las reglas, y de nuevo El Jardín de las delicias que tal vez en esta ocasión refleje los infiernos en vez de las delicias

La narración y el punto de vista de la protagonista son sencillos, directos, no tienen pierde. Mató a su hombre en estricta defensa propia porque la maltrataba. El maltrato es ahogo sicológico, asfixia de la vida: te defiendes o te hundes irremediablemente. Emma escogió salvarse. La sevicia que le pusieron otros a ese desbaratar el cuerpo, ella no se la puso. Su mirada fue más sencilla “más limpia” podríamos decir. Y de nuevo un reto ético flota en el aire: En un país con altísimas tazas de impunidad en la violencia de género ¿el lícito hacer justicia por mano propia?

Y sin embargo allí habita el horror. Un vez más la mutilación, el descuartizamiento, el hachazo de la vida en pedazos… habita las preocupaciones, las obsesiones y los ejes temáticos de nuestra autora. Tal vez una vez más la clave la encontramos en El Bosco y su pintura en la que el mundo interior se deshace en pedazos. Esta lectura nos remite de nuevo al primer texto: al proemio… y luego a cada uno de los relatos, en busca de una mayor inteligencia de lo que se nos dice.


Carmiña Navia Velasco

Santiago de Cali, Marzo de 2016

DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ A RAIMON PANIKKAR


Impresiona leer las declaraciones firmadas por estas dos luces fulgurantes del cristianismo en la víspera de sus muertes. Declaraciones separadas por tres siglos, por un continente y por condiciones muy diferentes pero con un fondo común que las hermana.

Poco antes de la fecha de su  muerte, en 1695, la monja mexicana declara:
Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo de adelante fueren, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo. Juana Inés de la Cruz.
El 15 de Febrero de 2008, Raimon Panikkar declara:
Me siento miembro vivo y sacerdote de la Iglesia, y quiero mantener con ella la comunión hasta el final.
Deshago todos los vínculos que tengo como resultado del matrimonio contraído, siempre teniendo en cuenta los principios de misericordia y de la caridad cristiana.
Estas declaraciones me han impresionado, cada una en sí misma y en el fondo tan similar del que proceden.

Dos espíritus independientes, lúcidos, luchadores, dedicados a la búsqueda del conocimiento, a la construcción del saber en diferentes ámbitos de las ciencias humanas, sociales y científicas. Dos personas que a lo largo de sus vidas tuvieron posiciones críticas frente a la institución y asumieron ideas y proyectos heterodoxos. ¿Qué los lleva a desdecir de su vida casi al final? ¿Qué los lleva a entregarse a una autoridad que antes cuestionaron? ¿Qué hay en esa iglesia con la que ambos quieren la comunión, que los obliga así a borrar páginas de su vida por las que antes lo dieron todo?

En el caso de Sor Juana se han intentado diferentes respuestas, una de las más acertadas es la búsqueda realizada por Octavio Paz en su obra: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y la de la película inspirada en este mismo texto, Yo, la peor de todas,  de María Luisa Bemberg, que recomiendo sea vista por todas las personas mínimamente interesadas en averiguar sobre esta mujer, que inaugura el feminismo en América Latina. Parece claro que el temor a ser enjuiciada por la inquisición fue uno de los influjos en su inentendible decisión, igualmente la debilidad misma que la epidemia de cólera causa en ella y en su alrededor.

En el caso de Panikkar, su biografía, recientemente editada en español, magníficamente escrita por Maciej Bielawski[1], intenta algunas pistas aunque la verdad, en este sentido, plantea más interrogantes que respuestas. Y es a este libro al que me quiero referir ahora. Se trata de un vehículo muy acertado para aproximarnos a la vida de un hombre extraordinario, cristiano del siglo XXI, roturador de caminos nuevos e inéditos.

En general a Panikkar se le ha “recluido” en el mundo del diálogo interreligioso y nombrarlo a él es connotar su carácter de cristiano hindú, esto es así indudablemente. Pero con él, con su teología y sobre todo con su espiritualidad  nos encontramos con muchísimo más, que es lo que precisamente esta biografía transparenta.

El autor se propone evocar el mito Panikar para lograr desglosarlo y llegar al meollo de cada época, de cada momento, de cada situación; en este camino logra una profunda empatía y comunión con su biografiado. Nos muestra entonces a un itinerante del saber y de la experiencia espiritual que desde muy joven encuentra y predica la unidad entre la vivencia religiosa y un compromiso con el conocimiento profundo del mundo y de la realidad. En algunos momentos y senderos cercano a Theilard de Chardin. Se anticipa a la sensibilidad ecológica que nos enseña a vivenciar la tierra como una auténtica madre. Nos muestra a un Panikkar profundamente holístico empeñado en descubrir, vivenciar y mostrar la unidad profunda del TODO, como el mismo lo plantea:
El monje sería entonces la persona que busca primero una unidad dentro de ella misma, y después una unidad culminante con el universo entero. (De, Elogio de la sencillez).

A lo largo de caminos muy variados este espíritu inquieto va encontrando sus propias huellas: Transita por el Opus Dei, se sumerge en el Hinduismo, recoge experiencia intelectuales y cristianas de Europa y Norteamérica… logra una síntesis inigualable que preside y orienta su vida. De su mano recorremos una nueva cara de la tradición y la teología cristianas. A través de este texto nos enteramos que una frase tan popular y repetida como: el cristiano del siglo XXI será místico o no será… es suya y no de Rahner quien la dio a conocer.

En sus años de madurez nos regala esa preciosa elaboración La Plenitud del hombre[2] en la cual la experiencia cristofánica sale de la cárcel en la que la teología dogmática la ha encerrado y se universaliza y se hace cósmica. En sus obras más connotadas este hombre-espiritual nos descubre un nuevo rostro de la Divinidad, un rostro no reñido con la sensibilidad y el saber del hombre y la mujer del siglo XXI.

La biografía de la que hablamos y estas  líneas que escribo, sólo son una invitación a beber en las fuentes Panikkeanas, es allí dónde podemos enriquecernos con este original camino. Podemos recomendar especialmente: La experiencia mística, Elogio de la sencillez, Iniciación a los vedas… vías sencillas de introducirnos en este bosque luminoso.

Y al final las preguntas: ¿Qué sostiene una iglesia en la cual para mantener la comunión hay que desdecirse de una vida caminada pausadamente y a conciencia? ¿Qué pasa para que los y las grandes: Teresa de Ávila o Theilard, tenga que exclamar en sus últimas horas, muero al fin hijo o hija de la iglesia? ¿Por qué siempre la insistencia eclesial en ser el único camino y en unas ortodoxias y rigideces que nada tienen que ver con el llamado y la invitación amorosa del maestro de Galilea? ¿Por qué el empeño en marcar con fuego en los espíritus una sensación permanente de deuda, de culpa,  cómo si nos mantuviéramos en los inicios de la ley mosaica y no hubiéramos atravesado las sendas del amor propuesto por Jesús y por otros profetas como Isaías?

Ojalá pensar sobre la vida de estos grandes hombres y mujeres: Teresa de Ávila en su quinto centenario, Panikkar en su reciente biografía publicada, Theilard o sor Juana siempre vigentes… nos ayude a fortalecer nuestras propias sendas. Ojalá el Papa Francisco logre hacer triunfar su anhelo de misericordia y esa misericordia quiebre las estructuras eclesiales férreas e inhumanas que muchas veces rigen en la casa de Pedro.





Carmiña Navia Velasco
Octubre 2015




[1] Maciej Bielawski:
PANIKKAR, una biografía – Traducción: Jordi Pigem
Editorial Fragmenta, Barcelona 2014
[2] Raimond Panikkar:
 La Plenitud del Hombre
 Ediciones Siruela, Madrid 1999 
                              Yo, María Teresa; la novela del Isaacs 

                                                                                             Carmiña Navia Velasco

  
Cali y el Valle del Cauca están siendo una cantera de buenas y recientes novelistas. Adelaida Fernández Ochoa, premiada en Casa de las Américas este año, con su novela, La Hoguera lame mi piel con cariño de perro; Rosalba Plaza, premiada en el Jorge Isaacs 2014, con: Yo María Teresa; Gabriela Castellanos con su magnífica novela, Jalisco pierde en Cali y Melba Escobar con su celebrada, La casa de la belleza.


Voy a ocuparme ahora precisamente del reciente premio Jorge Isaacs que sale por estos días al mercado librero. Yo, María Teresa  es una deliciosa novela de época en la cual lo primero que encontramos y celebramos es una fiesta del lenguaje. La obra recrea la vida infantil y juvenil de María Teresa Rodríguez del Toro, esposa de Simón Bolívar, quien pasó por la historia como una ráfaga, dejando tras de sí interrogantes antes que afirmaciones. Una imaginación juiciosa y una investigación aplicada sirven como punto de partida a la creación de un mundo ficcionalizado en el que se profundizan los caracteres de los dos protagonistas.

La novela se abre con una llamada primera parte, que en realidad hace las veces de obertura, en la que asistimos a la frustración matrimonial de la joven María Teresa quien acusa su  soledad, ociosidad y abandono por parte del esposo. Inmediatamente se devuelve en el tiempo y se abre para entregarnos un cuadro de la España (Madrid y Bilbao) de principios del siglo XIX. Nos enfrentamos entonces a la vida y a las costumbres de la baja nobleza y alta burguesía, especialmente desde el punto de vista de las mujeres: sus procesos de formación, sus amistades, sus ocios y lecturas, el mundo de sus criados. Desde sus mismos inicios quedamos los lectores y lectoras impactados por la ambientación tan bien lograda. Los salones, reuniones, veladas de lectura o de música, las visitas al orfelinato, nos llegan en una gran autenticidad, verosimilitud y plasticidad.

Cuando ya tenemos situada a la protagonista, cuando ya hemos hecho sinergia con ella, atravesamos el océano para ubicar al coprotagonista. Recorremos su hacienda y sus juegos en libertad, su temprana orfandad, la relación con su Nana, los reclamos de sus parientes al maestro, su amor por los caballos, su indisciplina no controlada y la preocupación de sus tutores.

Una vez familiarizados/as con los dos jóvenes entramos a la espera de su encuentro porque más allá de la historia ya las primeras páginas de la novela nos los muestran casados.  La historia de este fugaz matrimonio ha sido tratado pocas veces en la literatura porque las novelas que recrean la vida del libertador se ocupan fundamentalmente de los aspectos políticos y de las mujeres que sirvieron a su causa. La misma Manuelita Sáenz ha sido pocas veces mirada por ella misma, aunque sí hay algunas obras que lo intentan.  En este sentido, la novela a la que nos referimos es fundamentalmente diferente y nos entrega una mirada inédita sobre María Teresa y muy original sobre su fugaz marido.

El texto propone una lectura deconstructiva e irreverente de Simón Bolívar el libertador, el héroe político.  Esto se hace posible sobre todo porque el trecho de vida focalizado en Bolívar es el de su primera juventud irresponsable anterior al de sus ejércitos, sus hazañas y sus sueños de libertad política.

La novela nos deja ver una María Teresa, joven en sintonía con su época, en espera del amor, pero preocupada por una serie de actividades que le llenan su vida. Siente que a su alrededor están obsesionados con su posible matrimonio, pero ella no lo vive así, ella se ocupa de la contabilidad de su padre, de los niños del orfelinato en medio de las salidas y socialización de una muchacha de su posición social y época. La percibimos cálida en sus relaciones y abierta al medio que la rodea. Y antes que todo, una joven amante de los libros y de la lectura. La voz narrativa la penetra y nos muestra una conciencia reflexiva, llena de interrogantes sobre lo  mejor para su porvenir. Se acerca tímidamente por primera vez a los aleteos del amor, en su amistad con un joven general del ejército francés, pero la llegada del indiano Bolívar la conmueve hasta sus más íntimas entrañas y la lleva a consumar un amor en el que, nos dice la novela, no estaba su felicidad y sí en cambio su muerte.

La reticencia inicial de María Teresa lleva al joven Bolívar a esmerarse en su formación, a aprender el francés, a acercarse a los libros. Se transforma entonces de un joven que pasa muchas hora durmiendo, en uno aplicado que pasa muchas horas de aprendizaje. Este es uno de los aspectos más interesantes y novedosos de la novela premiada: el papel jugado por la que sería su esposa -por pocos meses- en la educación y formación del joven Simón Bolívar.

Finalmente la narración se estructura también como una historia de amor, en la que los amantes se entregan a sus lides y al juego de los cuerpos, durante la travesía que los lleva hasta América. Una vez en las indias, el joven matrimonio inicia su nueva vida de casados y es aquí donde definitivamente Simón Bolívar no califica. En general los estudios y la ficcionalización sobre su figura se han concentrado en su vida política-pública o su ocaso como líder, en sus frustraciones a este nivel. La novela que nos ocupa por el contrario focaliza, desde el punto de vista de María Teresa Rodríguez del Toro la vida privada e íntima del libertador. En esta relación el esposo que aún no sueña su delirio sobre el Chimborazo,  aparece como incapaz de descubrir y valorar el tesoro de mujer que tiene entre sus manos. Su poca sensibilidad no le permite sintonizar con los deseos de su esposa de ocupar su tiempo en algo útil, su concentración en sí mismo, lo incapacita para percibir en María Teresa su soledad y la sensación de abandono en que se encuentra lejos de su país y de los suyos, carente de sus ocupaciones permanentes que daban sentido a sus días. Por eso mismo llega tarde a su lecho de enferma.

En cuanto a la protagonista lo que nos plantea la novela, con una fina mirada feminista, es que su matrimonio la condujo a la desdicha, a la soledad y a la muerte. Todo el tiempo hemos tenido acceso al interior de la conciencia de la joven, sin embargo en los últimos momentos no lo tenemos. Presenciamos externamente que la fiebre tropical se la tragó. El mismo médico no tiene una explicación plausible de la adquisición de la enfermedad, el mismo médico -como casi siempre en estos casos- se muestra impotente. El silencio rodea la cama de la enferma. De alguna manera María Teresa nos es robada a todos, al esposo que tarde se lamenta, a su familia, a los lectores y lectoras, a la historia.


Santiago de Cali, Julio de 2015